Puerto
Madero. Su historia.
Félix Luna
(Del libro: Puerto Madero.Ediciones
Lariviére, B.A., Arg.)
“abrir
puertas a la tierra”.
Cuando
el oidor de Charcas Juán de Matienzo sugería
al rey la necesidad de fundar una ciudad allí, donde
Don Pedro de Mendoza asentó la primera Buenos Aires
en 1536, insistía en la necesidad de “abrir
puertas a la tierra”. En efecto, ya era clara la urgencia
de establecer otra vía de comunicación con
el Alto Perú, sobre todo Potosí, que no fuera
la larga y riesgosa que venía desde el Itsmo de Panamá,
llegaba a Lima y luego de atravesar fragosas sierras arribaba
al gran centro argentífero. Una entrada por el Río
de la Plata, con escalas en Córdoba, Santiago del
Estero, Tucumán y Salta, era mucho más corta
y sin grandes obstáculos naturales.
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A estos inconvenientes se sumaba otro:
el deseado puerto no era tal. Las orillas occidentales del
estuario del Plata eran bajas y barrosas, la profundidad de
las aguas en las cercanías de la nueva población
era escasa y las orillas estaban erizadas de toscas. A lo
cual debía agregarse la cantidad de bancos de arena
existentes en todo
el trayecto del río, desde su embocadura en el Atlántico,
obstáculos mal conocidos en la época que significaban
peligros mortales para la navegación. Con lo cual
“la puerta de la tierra” no era más que
una iniciativa voluntarista, que podría tener andamiento
en el futuro pero que entonces, últimas décadas
del Siglo XVI y primeras del XVII, era insuperables. |

Fragmento de espejo de agua en Pueto Madero.
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No
es de extrañar, pues, que los pocos navíos de
registro, es decir, autorizados por la Corona, para llegar
a Buenos Aires, tuvieran que echar anclas a más de
una legua de la población, desembarcando su mercadería
y eventuales pasajeros en chalupas o, si las aguas estaban
bajas, en grandes carretas tiradas por bueyes, que con el
río al pecho lograban trabajosamente llegar a la orilla.
Esto, si no acontecía que una repentina sudestada obligara
a los navíos a permanecer días y días
a la vista de la costa sin poder desembarcar o embarcar personas
y bienes.
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“la
ruta de la Plata”.
¡Qué
puerto! Y sin embargo no había otra entrada al Continente
Sur por la parte atlántica que pudiera utilizarse, y en consecuencia
Buenos Aires, muy lentamente al principio, se fué convirtiendo
en el fin (o el principio según se mire) de “la ruta
de la Plata”, que llevaba al Tucumán y al alto Perú.
Y también a Chile, pues no faltaban viajeros que, en lugar
de navegar frente a las costas patagónicas y rodear al temible
Cabo de Hornos, preferían desembarcar en la Ciudad de Garay
y atravesar a caballo o en carreta las dilatadas pampas que separaban
al Plata de la cordillera de los Andes; con un puerto inexistente,
Buenos Aires era el lugar de paso indispensable para arribar a las
regiones del cono sur americano.
Por
otra parte, la Ciudad, pobrísima en las primeras décadas
de su existencia no tenia bienes para mercar y en consecuencia el
tráfico por el río carecía de incentivos. Y esta
situación se prolongó hasta que los porteños
descubrieron el cuero.
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Hoy
no tenemos idea de la importancia del cuero, materia prima
para elaborar toda suerte de objetos. No sólo zapatos
sino fornituras y correajes para los soldados, forro de los
ejes de los carruajes, muchísimos objetos para el hogar,
incluso para forros de paredes en las casas más ricas,
petos y corazas, petacas y otras muchas cosas. Europa estaba
siempre ávida de cuero y aquí, en las pampas
bonaerenses, vagaban millones de vacunos mostrencos. |
Fue entonces,
hacia 1620, cuando empezó el periodo de las vaquerías.
Ocho o diez hombres bragados se juntaban para dirigirse a la inmensidad
de la pampa.
Cuando
detectaban un rodeo de vacunos sin dueño, entraban
a caballo en el conjunto y desjarretaban a las reses con una
especie de lanza. Luego que comprobaban que un número
grande de vacunos estaba en el suelo, los iban degollando
y los cuereaban. Todo el resto del animal, carne,huesos, astas,
quedaba allí en un desperdicio total.
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Los
cueros se iban estibando en carretas y luego en Buenos Aires, se
curaban y posteriormente se cargaban en los navíos que llegaban
para transportarlos a Europa. El cuero, pues, se convirtió
en el principal elemento de exportación con que contaban
los porteños, y esa moneda les permitía importar lo
que la ciudad precisaba, en primer lugar los esclavos.
La
operación de cargar los cueros era larga y difícil
puesto que había que llegar hasta los navíos en carreta.
Un muelle, aunque fuera pequeño, hubiera facilitado la operación
pero, ya sabemos, nada había en la ciudad de Garay que fuera
el atisbo de un puerto.
Buenos
Aires había sido elevada en 1617 a la categoría de
cabecera de la Gobernación del Río de la Plata. Pero
la presencia de los sucesivos gobernadores no significó ninguna
mejora portuaria. Al contrario, muchos gonbernadores se implicaron
en los contrabandos o en los remates forzosos de naves supuestamente
arribadas por necesidad, que en realidad venían para que
su cargamento se rematara a un grupo de vecinos que lo compraba
a vil precio con la complicidad de las autoridades.
Plaza de la Santísima Trinidad, Puerto
de Sta. María de Buenos Ayres. 1782 |
Ni
siquiera hubo mejoras para el desembarco de personas cuando
los ingleses, en 1720 y como consecuencia del tratado de Utrech,
obtuvieron el monopolio del tráfico de esclavos en
el Río de la Plata. Los desdichados negros, después
de una travesía marítima, generalmente larga
y penosa, al llegar frente a Buenos Aires eran llevados en
chalupas o carretas, encadenados, a los depósitos que
la compañía británica había levantado
en Retiro y cerca del actual parque Lezama. |
Allí
los africanos debían reponerse del viaje hasta emprender
una nueva travesía, esta vez hacia el interior y eventualmente
el Alto Perú para su venta. Era tal la hediondez que despedían
los galpones donde alojaban a los negros que hubo quejas de los
vecinos y alguna vez debieron trasladarse a otros sitios más
alejados de la ciudad.
Montevideo:
una bahía perfecta.
Pero
a mediados del Siglo XVIII fue apareciendo un admirable competidor
a la condición portuaria de Buenos Aires. Se trataba
de Montevideo, que a partir de su fundación por Bruno
Mauricio de Zavala empezó a soñar con reemplazar
a la ciudad porteña en su carácter de “Puerta
de la Tierra”. Había motivos para acariciar esta
ilusión: Montevideo contaba con una bahía perfecta,
muy defendible, un puerto natural de condiciones infinitamente
superiores para el tráfico de personas y mercaderías
que Buenos Aires.
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|
Comparativamente,
su acceso por agua era óptimo. Pero naturalmente, la ciudad
oriental, para que los pasajeros o las mercaderías ingresaran
al interior, debían trasponer dos grandes obstáculos
naturales: los ríos Uruguay y Paraná. De todos modos,
los celos de los comerciantes porteños frente a su posible
rival duraron muchos años: tantos, que hacia 1805 el Consulado
de Buenos Aires se opuso a que se colocara un faro en la entrada
del puerto montevideano. Y hacia fines del siglo XIX, los grandes
paquebotes y trasatlánticos que unían esta parte del
continente con Europa fondeaban en Montevideo, y los pasajeros de
y para Buenos Aires tenían que tomar los pequeños
buques que cruzaban el Río de la Plata para embarcar o desembarcar
en la capital uruguaya.
Tal
vez esta rivalidad entre las dos ciudades rivereñas fue uno
de los motivos de la pertinaz resistencia de Artigas a la hegemonía
porteña.
| Sea
como sea, recién en 1771, en vísperas de la
erección de Buenos Aires como capital del Virreinato
del Río de la Plata, el gobernador Juán José
Vértizencargó un proyecto de muelle
al Ingeniero Francisco Rodriguez y Cardozo, que no se concretó.
La misma suerte corrió el encargo que en 1780 hizo
el Virrey Marqués de Loreto al marino e ingeniero Domingo
Pallaré. Fue en 1802 cuando el Virrey del Pino inició
efectivamente la construcción de un muelle, proyectado
por el ingeniero Martín Boneo. Se encontraba frente
al Pozo de la Merced y tenía sólo treinta y
cinco metros de largo, y aunque era pequeño y vulnerable
a las grandes sudestadas, como se demostró en 1805
cuando fue destruído por una tormenta, al menos permitió
que los pasajeros no tuvieran que chapalear en el fango y
las toscas de las orillas antes de pisar tierra firme. |
Del Río de la
Plata al Estrecho de Magallanes. Plano |
Las
guerras de la Independencia distrajeron fondos y preocupaciones
hacia el gran objetivo de la emancipación, de modo que el
intenso tráfico generado desde 1810 siguió realizándose
de la manera primitiva de siempre. Pero los comerciantes, en especial
los ingleses, presionaban para que se llevaran a cabo algunas instalaciones
que facilitaran las tareas.
En 1820, el ingeniero inglés James Bevans hizo el proyecto
de un muelle, que Feliz Castro y Guillermo Robertson elevaron al
gobierno de la provincia de Buenos Aires “penetrados de la
necesidad de un muelle que se sienta cada día más
en nuestro puerto”. Y por su parte, Bernardino Rivadavia hizo
contratar en Europa al ingeniero Carlos Pellegrini con el mismo
objeto; las guerras civiles aventaron todas estas iniciativas.
El Paseo
de Julio.
Sin
embargo, algo se hizo, aunque no directamente relacionado con el
puerto sino con la rivera del estuario. En 1845 se inició
la construcción de un murallón que contuviera las
aguas a lo largo del paseo conocido como La Alameda, inaugurado
en 1804 por el Virrey Sobremonte, entre las avenidas Rivadavia y
Corrientes.
Este
murallón tenía cinco metros de alto, con un parapeto
de pilares que sostenían un vallado de hierro. Se emplearon
para la construcción ladrillos de los hornos de Juán
Manuel de Rosas, Gobernador de Buenos Aires en ese entonces. La
obra se inauguró en enero de 1847 y aunque la Legislatura
resolvió dar al murallón y al paseo adyacente el nombre
de la extinta mujer de Rosas, este pidió que se lo denominara
Paseo de Julio y así fué conocido hasta el principio
de este siglo.
El murallón no resolvía el problema del inexistente
puerto, pero al menos evitaba que las grandes sudestadas llevaran
las aguas del río hasta la calle 25 de Mayo, dejando desechos
de toda clase.
Buenos
Aires: modelo de riqueza y prosperidad.
Cuando,
después de la caída de Rosas, la provincia de Buenos
Aires se separó del resto de la Confederación, los
dirigentes porteños plantearon con mucha claridad sus prioridades.
En este sentido era fundamental que Buenos Aires asentuara su condición
intermediaria, pues sólo los ingresos aduaneros la habilitarían
para los ingentes gastos que la provincia rebelde debía afrontar:
en primer lugar, mantener las fuerzas necesarias para preservar
la autonomía porteña frente a los ataques confederales,
luego armar al Estado con todos los atributos del poder y finalmente
hacer de Buenos Aires un modelo de riqueza y prosperidad que fuera
un ejemplo para las provincias que respondían al gobierno
de Panama.
Para
ello, lo primero era construir algo parecido a un puerto y erigir
una aduana.
En
1854 el Gobernador Pastor Obligado promulga una ley por la que se
autoriza a su gobierno a invertir hasta un millón doscientos
mil pesos en la construcción de un muelle para pasajeros.
Joaquín Tudury propiciaba la construcción de un gran
rompeolas sobre el río para hacer un puerto de cabotaje.
Emilio Castro propone un gran muelle frente a la ciudad. Juán
M. Carreras apuesta también a un muelle, pero sobre el Riachuelo.
Vicente Cáceres, Rafael Trelles, Juán Martín
Estrada presentan diversos proyectos. Finalmente, se desgina a una
comisión que encarga a Gerardo Bosch la construcción
del discutido muelle. En febrero de 1855 comienzan los trabajos,
que se inauguran solemnemente en septiembre de ese mismo año.

Muelle de pasajeros. 1855
Las
obras habían sido dirigidas por el ingeniero inglés
Edward Taylor. El muelle se levantaba perpendicularmente al Paseo
de Julio entre las actuales calles Bartolomé Mitre y Sarmiento
y se extendía sobre el río a lo largo de 210 metros.
Estaba elaborado
en madera dura y en su parte central se había colocado una
vía que hacia posible el uso de vagonetas para cargas y equipajes.
Por iniciativa de Prilidiano Pueyrredón se instalaron en
la entrada dos quioscos construídos en Gran Bretaña,
de forma octagonal con chapas acanaladas y estructura de hierro
fundido, para uso de los empleados de la aduana. Cuatro pilares
de mampostería con jarrones y figuras alegóricas daban
la bienvenida a los viajeros. Años más tarde se instaló
allí un faro de casi diez metros de altura. También
se agregaron, con el tiempo, cuatro guinches y otro quiosco de forma
circular.
A este humilde
muelle - que fue demolido cuando se iniciaron las obras de Puerto
Madero – llegaron los restos de Rivadavia de San Martín
y de Sarmiento.
Pero tan
importante como el muelle fue el edificio de la aduana o Aduana
Nueva, que se empezó a construir también en 1855,
sobre los planos elaborados por el ingeniero Tylor. Era una construcción
en hemiciclo que aprovechaba el foso del antiguo Fuerte, sobre las
barrancas del río y a continuación de la fachada este
de los restos del mismo. Estaba separado de estos por una calle
que más tarde fue aprovechada para tender los rieles del
ferrocarril a Ensenada.
Aduana Nueva de Taylor. 1855
|
Tenía
dos pisos con ventanas de arco de medio punto y contenía
un lugar para depósito de mercaderías –
el gran reclamo de Bartolomé Mitre desde las páginas
de la prensa – así como un patio de maniobras y
una torre de tres cuerpos. |
Este
era el gran edificio que los viajeros atisbaban cuando iban llegando
a Buenos Aires por el río. La Aduana era todo un símbolo
de las aspiraciones de la ciudad porteña. Actualmente, los
restos de su depósito forman parte del Museo de la Casa de
Gobierno y al recorrerlos no puede dejar de admirarse la nobleza
y construcción de su fábrica, así como el anhelo
de progreso que delata.
Pero
evidentemente, estas construcciones no daban soluciones definitivas
a los problemas derivados de la carga y descarga de mercaderías
y al embarque y desembarco de personas. Los navíos que llegaban
a Buenos Aires tenían mayor calado, la navegación
a vapor se generalizaba y los inmigrantes arribaban cada vez en
mayor número. Después de la batalla de Pavón
(1861), cuando la Nación Argentina se unificó y el
gobierno nacional se instaló en la ciudad porteña,
el tema del puerto adquirió una enorme importancia. Fueron
varios los proyectos que se presentaron en adelante y muchas las
polémicas que suscitaron: recién en la década
de 1880 se comenzó la construcción de un puerto como
el que necesitaba el país. Sin embargo, una empresa privada
construyó un muelle en el bajo de Las Catalinas, a la altura
de la Calle Charcas, a mediados de la década de 1870; el
malecón se internaba en el río y hacía un ángulo
recto para atenuar el oleaje. Fue demolido cuando se iniciaron las
obras definitivas del puerto.
“Puerto
Huergo o Puerto Madero”.
Para
reseñar los avatares que sufrieron los diversos proyectos,
nada mejor que seguir la síntesis que hace el historiador
norteamericano James R. Scobie en su libro “Buenos Aires,
del Centro a los Barrios”.
En
1870 los gobiernos de la Nación y de la provincia de Buenos
Aires suscribieron un contrato con el prestigioso ingeniero inglés
John F. Bateman, que había participado en las obras de desagüe
de Londres en 1871, dejando los planos que elaboró en manos
de las autoridades. Proponía una gran dársena frente
a Plaza de Mayo a la que se llegaría por dos canales, uno
al norte y otro al sur hasta el Riachuelo. Su plan fue objeto de
demoledoras críticas y finalmente no fue tomado en cuenta.
También propuso un proyecto Guillermo Rigoni: una dársena
circular a cinco kilómetros de la costa, obra muy costosa,
casi faraónica, que también fue dejada de lado.
En realidad, las discusiones de la década del ´70 y
principios del ´80 se centraron en las propuestas antagónicas
de dos personalidades que polarizaron opiniones, intereses y fuerzas
políticas y periodísticas tras sus personas. Fue,
podría decirse, una lucha prolongada y ardiente entre dos
concepciones contrapuestas.
Luis Huergo había nacido en Buenos Aires de una familia de
comerciantes ricos. Hizo sus primeros estudios en un colegio jesuita
de Maryland, Estados Unidos. En 1870 se recibió de ingeniero
civil en la Universidad de Buenos Aires: fue el primer profesional
de este ramo que obtuvo su diploma en esa casa de estudios. Fue
diputado y senador en la Legislatura de Buenos Aires y construyó
puentes, caminos, canales y obras de irrigación. Pero su
gran sueño era proyectar y construir el puerto de Buenos
Aires y a este objetivo dedicó buena parte de su vida.
Por
su parte, Eduardo Madero, nacido en Buenos Aires en 1832
en el seno de una familia dedicada a labores agropecuarias,
fundó una empresa dedicada a
exportación e importación y también
se propuso presentar un proyecto de puerto con el apoyo
de tecnología y capitales británicos. |
| Huergo
y Madero, dos personajes – admirables por su perseverancia
y por la habilidad con que supieron atraer adhesiones a
sus respectivas propuestas – que encarnaron dos ideas
diferentes para dotar a Buenos Aires de la entrada y salida
que conectaría a la Argentina con Europa. Los dos
chocaron reiteradas veces, los dos consiguieron popularizar
sus respectivos proyectos, los dos movilizaron a los diarios,
los políticos, las fuerzas del comercio en pos de
sus proyectos. Finalmente, como veremos, triunfó
Madero, aunque falleció antes de que el puerto que
llevaría su nombre terminara de construirse.
Don
Eduardo Madero (1832 – 1894) |
|
En síntesis,
Huergo proponía utilizar el Riachuelo y sus inmediaciones,
canalizarlo y habilitarlo para el ingreso de navíos de gran
calado. A su vez, Madero tenía la idea de construir las instalaciones
al frente de la Plaza de Mayo, con una dársena y dos canales
de acceso. En torno a estas concepciones giró la lucha que
habría de librarse hasta mediados de la década de
los ´80.
Para muchos,
Huergo representaba, dice Scobie, “la tradición criolla
y el desarrollo nacionalista de la economía argentina”,
así como Madero buscaba la modernización y el progreso
sobre la base de los capitales y la técnica europea.
Madero viajó
a Inglaterra a mediados de la década del ´60 y volvió
con su propuesta concreta que fue aceptada por el Ministerio del
Interior. Se trataba de construir dos dársenas, un dique
seco y un canal de aguas profundas frente a Plaza de Mayo. Mitre,
que era senador nacional, con el apoyo de su diario La Nación,
se opuso rotundamente al proyecto, afirmando que este debía
estudiarse a fondo en el Congreso. Finalmente el proyecto de contrato
con Madero fue retirado del mismo. Derrota de Madero, pues.
En cambio,
Huergo consiguió en 1875 que el gobierno de la provincia,
con el asentimiento de las autoridades nacionales, le confiara la
ejecución parcial de su proyecto: es decir, modificar la
boca del Riachuelo y dragar un canal de acceso de nueve pies.

Obras en
dique 2, inaugurado en 1890
Aunque
lentamente, las obras fueron avanzando y a fines de 1878 algunos
barcos de ultramar podían fondear en el Riachuelo y atracar
en los depósitos de La Boca. Por supuesto, esto significaba
una mayor actividad comercial en la parte sur de Buenos Aires. Pero
los conflictos de 1880 terminaron con los subsidios prometidos por
el gobierno provincial.
Sin
embargo, a fines de 1880 el gobierno de Julio Argentino Roca pagó
la mayor parte del subsidio prometido y Huergo viajó a Inglaterra
para encargar nuevas dragas. En 1881 la Legislatura de la Provincia
votó una partida para el dragado del Riachuelo hasta veintiun
pies y Huergo, a su vez, agregó a su proyecto la construcción
de una serie de diques paralelos que se construían sobre
la costa hasta la Plaza de Mayo, protegidas por un rompeolas. Triunfo
para Huergo entonces.
Un
puerto de ultramar en La Boca.
La
posibilidad de que La Boca se construyera en el Puerto de Buenos
Aires no era utópica. Desde mediados del Siglo XIX se había
instalado allí una población numerosa, proveniente
en su mayoría de genoveses, que tenían experiencia
marinera y explotaban el comercio fluvial. Existían varios
pequeños astilleros y el Riachuelo era un refugio aparentemente
ideal para las grandes sudestadas que solían azotar las costas
del río. Un puerto de ultramar en La Boca significaría
la puesta en valor de la zona sur de la ciudad y aún del
territorio adyacente, Riachuelo por medio, perteneciente a la provincia
de Buenos Aires.
El
Diario La Prensa apoyaba entusiastamente esta idea y el senador
Adolfo Dávila, vinculado al diario de los Paz afirmaba en
el senado, en 1882, que el Congreso ya se había expresado
en el sentido de que el puerto de Buenos Aires debía construírse
en La Boca y que el gobierno nacional debía estar a cargo
de la obra. ¿triunfo definitivo de Huergo?
Pero
Madero no perdía el tiempo. En 1881 viajó a Londres,
donde logró comprometer el asesoramiento de sir John Hawkshaw,
tal vez el ingeniero más prestigioso de Inglaterra, y la
promesa de Baring Brothers de proveer los fondos necesarios. El
plan incluía cuatro dársenas y dos canales, al norte
y al sur, todo ello sobre tierras ganadas al río entre Retiro
y las cercanías de La Boca, con el eje principal al frente
de la Plaza de Mayo. En junio 1882 presentó formalmente estos
planos a las autoridades argentinas.
Y de pronto se abrió el panorama. Entre septiembre y octubre
de 1882 el Congreso aprobó una ley que autorizaba al Poder
Ejecutivo a contratar con Madero la construcción del puerto.
Un brillante discurso de Carlos Pellegrini fue determinante para
la aprobación del proyecto en Diputados y en en el Senado
sólo se levantó una voz para cuestionarlo.
Sin
embargo, los partidarios de Huergo pudieron exhibir como un importante
logro el hecho de que el trasatlántico “L’Italia”,
con un calado de quince pies, hubiera podido fondear en el Riachuelo.
En realidad, el veintitres por ciento de los barcos llegaban a Buenos
Aires y el treinta y cinco porciento de su tonelaje arribaba a La
Boca. Pero Madero, con el triunfo de la ley en su mano, volvió
a Inglaterra para confirmar la asistencia técnica de Hawkshaw
y la financiera de Baring Brothers, así como la contratación
de empresas que suministrarían las máquinas necesarias
para los trabajos. Ahora sí, todo se iba encarrilando.
A
fines de 1884 el presidente Roca suscribió el contrato definitivo
en una solemne ceremonia a la que asistieron Mitre, Sarmiento y
Avellaneda, quienes suscriben junto al Presidente de la Nación
la escritura que a tal efecto se labra. Ratifican así la
voluntad inmanente de unidad, grandeza, prosperidad y desarrollo
comercial en todos los pueblos del mundo.
Por
su parte, Huergo – que de todos modos había seguido
luchando por su proyecto y había tenido la satisfacción
de ver llegar al Riachuelo el barco inglés “Mac Duff”
con un calado de casi veinte pies, en octubre de 1883 – decidió
deponer las armas en enero de 1886. Había librado una buena
lucha y había perdido. Siguió, casi hasta su muerte,
generando publicaciones y conferencias en defensa de su tesis, mientras
al frente mismo de la histórica plaza se iban levantando
las dársenas y los docks que su rival proyectara.

Puerto Madero.
1884-1910
Puerto
Madero: una realidad.
Fue
una obra titánica que se llevó a cabo con una impresionante
continuidad a pesar de los cambios de gobierno y las difíciles
condiciones económicas del país. La empresa de Madero
contrato en Gran Bretaña a Armstrong, Mitchell y Cía.
Para realizar las obras hidráulicas y a Thomas A. Walker
para las obras civiles; las dos corporaciones se encargaron de los
trabajos hasta su conclusión.
En enero de 1889 se inauguró la primera dársena, al
sur en un acto solemne al que asistió el presidente Pellegrini,
que en la ocasión llamó “Puerto Madero”
al emprendimiento, y así quedó para siempre. En 1890
se inauguraron los diques uno y dos. En 1891 los trabajos se suspendieron
por la severa crisis que afectaba al país. Pero los sectores
dirigentes de Buenos Aires sabían que era urgente e imprescindible
terminar con la obra del puerto y en 1892, con los subsidios votados
por el Congreso, se concluyó el dique tres. Otro crédito
en 1895 permitió concluir la faena: Madero había fallecido
un año antes.

Puerto
Madero en 1912. Ocaso prematuro
|
En
1897 se libró al servicio el dique cuatro, situado
cerca de Retiro, y un año más tarde quedó
habilitado el tan discutido canal del norte. Por fin, Puerto
Madero era una realidad. Desde el centro mismo de la ciudad
se veían las rojas construcciones de los depósitos,
edificados con ladrillos traídos de Inglaterra y las
siluetas de los buques que atracaban en sus dársenas.
En total, la obra había costado treinta y seis millones
de pesos oro, diez y seis millones más del presupuesto
original. |
Pero
cuando el puerto estuvo terminado, quedó claro que ya resultaba
chico. No había sido un error en la construcción:
lo que ocurría era que el crecimiento del tráfico
de mercaderías de exportación e importación,
así como el movimiento de pasajeros aumentaron de manera
exponencial. Nadie había podido preveer semejante incremento:
en 1910, por ejemplo, se calculaba en treinta mil las embarcaciones
que entraron y salieron del puerto.
Esta circunstancia
lo atiborraba y sobre todo, el transporte de mercaderías
hasta el mismo. Desde Plaza Once a Plaza de Mayo, los carros demoraban
muchísimo tiempo y después debían amontonarse
frente a las dársenas para cargar o descargar. La lentitud
de este proceso era antieconómica y las protestas cundían.
Puerto
Nuevo.
En 1902
el gobierno del presidente Roca convocó al ingeniero norteamericano
Elmer Cothell para que sugiriera soluciones. El técnico,
especialista en puertos en su país, propuso una escollera
que evitaría los embates del río, que a veces dificultaban
los trabajos en la dársena situada más al norte.
Un año
más tarde, el gobierno envió a Europa a dos ingenieros
argentinos, Gustavo Jolly y Luis Curutchet, para estudiar problemas
portuarios, pero su informe no fue considerado. Otro ingeniero,
un holandés que dirigía el Puerto de Hamberes dictaminó
que el problema no radicaba tanto en el puerto como en su administración,
poco eficiente. Es posible que, como consecuencia de este informe,
se reorganizara en 1911 la Dirección General de Puertos.
Lo cierto
es que el Puerto Madero era insuficiente para la función
que debía cumplir. Y aquí debería terminar
la historia del emprendimiento pero cabe agregar que esta evidencia
llevó a la construcción del llamado Puerto Nuevo,
cuyas obras concluyeron recién en 1926.
La estratégica
Plaza de Mayo.
Para resumir
la significación de Puerto Madero podemos transcribir las
palabras con que Scobie cierra el capítulo dedicado a esta
obra: “El grupo comercial surgido a partir de la Independencia
y especialmente desde mediados del Siglo XIX, tendió a establecerse
al norte de la Plaza de Mayo. Por esta razón, mayoristas
y minoristas, intereses mobiliarios y transportes tendían
a radicarse con evidente empeño en las áreas oeste
y norte de la Plaza. La construcción de las instalaciones
más importantes del puerto, inmediatamente al este de la
misma reforzaba esta tendencia, garantizando la prosperidad y expansión
del grupo.
Las autoridades
nacionales pertenecían en su mayor parte – por lo menos
después de la formación de una autoridad nacional
efectiva bajo la presidencia de Mitre en 1862 – a este grupo
comercial y a sectores políticos provincianos que habían
venido a Buenos Aires y que apoyaban también decididamente
la concentración sobre Plaza de Mayo y sus accesos oeste
y norte”. “Además, la influencia de los bancos
extranjeros y los intereses importadores y exportadores, unidos
a los compromisos financieros de las autoridades nacionales y a
los intereses comerciales más recientes, favorecieron decididamente
al Puerto Madero. Los ingleses, a causa de sus estrechas vinculaciones
comerciales con la Argentina, así como por sus recientes
inversiones en ferrocarriles, gas, compañías de tranvías
y préstamos al gobierno nacional, y asumieron el principal
papel al proporcionar ayuda técnica y capital para el proyecto
Madero. Para todos estos grupos, el grandioso plan de Madero ofrecía
muchas más posibilidades para la especulación y el
enriquecimiento que el más modesto de Huergo. La gran superficie
de tierra que había que ganar al río, los hombres
y máquinas necesarios para la construcción, las oportunidades
de especulaciones en bienes inmuebles y la promesa de una mayor
expansión en la actividad comercial contribuían a
despertar un intenso entusiasmo. (…) La construcción
de Puerto Madero, en consecuencia, reforzó la centralización
de la ciudad en la Plaza de Mayo”.
|
Eduardo
Madero: visión y capacidad creadora.
Hasta
aquí, el historiador norteamericano. Agreguemos, por
nuestra parte, que el Puerto Madero llenó un espacio
urbano despoblado y agreste, cerró el río con
construcciones hermosas e imponentes y constituyó durante
varias décadas la entrada y salida del país
hacia ultramar. Concluída su función ahora tiene
otro destino, también vinculado estrechamente a nuestra
ciudad, a la mejora de su contorno urbano y a la calidad de
vida de sus habitantes. Esto no pudo haberlo soñado
Eduardo Madero, pero significa igualmente un homenaje a su
visión y a su capacidad creadora.
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